El Jardín

Recuerdos de la Colonia del Valle,
en la Ciudad de México.

Mónica Fritsche

En medio del tráfico, bajo un calor insoportable, en el Eje 4 Sur, entre Amores y Gabriel Mancera, al voltear a la izquierda confundió un estacionamiento con un oasis.

Xola 720, departamento 2. 23 83 19, recordó que, cuando vivía ahí, los números telefónicos eran sólo de seis dígitos.

Se encontró con su primera infancia. Sus recuerdos. Sus hermanos pequeños, su mamá y la adorada Tana. En ese momento no se dio cuenta de que el gran Fresno, el enorme Fresno, quizá el que fue el más alto de la Colonia del Valle ya no surcaba los cielos con su frondosa copa.

Vio el inmenso jardín, con el perímetro plantado de flores: alcatraces, azucenas rosas, malvones, macizos de lirios morados y acantos.

Admiró el fresno desde abajo y como siempre, no pudo definir en dónde acababa. Frondoso y verde, con un tronco que ni tres personas juntas podían abrazar. Cuando hacía mucho viento, parecía que saldría volando, pero era fuerte y solo dejaba escapar algunas hojas. Confundió el aire acondicionado del auto, con el aire fresco que meneaba su árbol y su lacia cabellera de niña.

Su mamá le había contado que cuando llegó a vivir al edificio, no existía el jardín, era un terreno baldío. Compraron tierra buena para sembrar flores y la joven mamá dio las instrucciones de dónde colocar las semillas. Pusieron el pasto, más de 400 metros cuadrados de hermoso pasto verde oscuro. Pocos meses después el jardín era una belleza.

Eran las vacaciones largas. Tal y como lo hacía dos veces por semana, la mamá estaba regando sus flores con la manguera verde. Esa manguera que, en realidad, era una serpiente larga, muy larga, venenosa y peligrosa, con su cabeza color ocre, enrollada observando a los niños jugar. No sabían si los acechaba o los cuidaba, pero cuando la mamá regaba las plantas, el réptil se convertía en una mascota que dócilmente obedecía a su ama.

Vengan, mamá está regando. Hay que acercarnos sin que nos vea. Ve tú primero Pibe, nosotros te seguimos.

La mamá los vio de reojo y continuó regando sus plantas, le fascinaban los alcatraces bailando amorosamente con el chorro de agua, agradecidos de que saciara su sed. Los niños estaban cerca, pero la mamá fingía no verlos, ni oírlos.

No nos ve, mejor vamos a cazar lagartijas. Yo prefiero buscar lombrices y cochinillas en la tierra.

De pronto, la metálica cabeza de la serpiente apuntó al hermano mayor y lo roció de agua. Todos corrían y gritaban, mientras la mamá los perseguía por todo el jardín para empaparlos. Las risas se confundían con el sonido del viento, con el canto de los pájaros y con uno que otro claxon que venía de la calle.

Mamá los había sorprendido nuevamente. Brincaban, corrían, gritaban en el jardín de la felicidad y sentían crecer el amor por su madre, convertida en hermana traviesa.

La mamá cerró la manguera.

¡Ahora!

Los cuatro niños empapados corrieron a abrazar a su amiga mayor. Sacudían el cabello para que las gotas la mojaran, se apretaban contra ella para compartir la humedad. El viento enfriaba sus ropas mojadas y les hacía cosquillas en todo el cuerpo. Se secaron al sol, como siempre lo hacían.

Desde la ventana de la cocina, Tana los veía con la sonrisa ladeada, elegante, con la flama de su fino encendedor prendiendo un Raleigh, vestida de negro, el cabello teñido con Henna Egipcia y sus labios siempre pintados en forma de corazón. Saludó con la mano cuando los cinco voltearon a mandarle un beso.

Un fuerte claxonazo la hizo regresar, los autos habían avanzado un par de metros y el conductor del coche de atrás parecía tener mucha prisa. Lo miró por el retrovisor, le dijo en voz baja: ah qué bien mueles y regresó a otro momento de su infancia.

Los bebés estaban con la mamá y con Tana en la cocina, comiendo su Gerber, mientras los mayores se mecían en el columpio. A ella siempre le tocaba el de bebé y apenas cabía ya bajo la barra de metal que servía como cinturón de seguridad. Llegaba al cielo, lo tocaba con las manos, regresaba y veía la tierra abajo, muy abajo. Una y otra vez, flotaba en el aire.

Entonces, la casita de plástico los llamó, era la hora de cocinar. Con tierra y agua hicieron una masa y la convirtieron en pastel.

Anda pruébalo, nos quedó muy rico, dime a qué sabe.

La insistencia del hermano mayor era implacable, con tal de que no la siguiera presionando y con el respeto que le merecía, probó el pastel recién hecho. La textura del lodo le provocó asco y escupió de inmediato, pero nunca olvidó el sabor de la tierra.

Cada quince días iba el jardinero a podar el pasto, todo lo que cortaba se acumulaba en el patio de la portería. También se juntaban ramas y hojas del enorme fresno.

Después de las lluvias, cuando toda esa basura estaba seca, la mamá la juntaba y le prendía fuego. Los dos mayores admiraban la fogata a cierta distancia. Rojo. Naranja. Amarillo. Azul. Blanco. Colores brillantes que bailaban cadenciosamente y la hipnotizaban. Sin moverse, veía el fuego durante horas, hasta que la fogata se consumía.

Un fuerte viento hizo de las suyas y las cenizas volaron directamente al rostro de los observadores, se voltearon de espaldas y se taparon la cara. Al descubrirse, estaban todos tiznados. No podían parar de reír. Voltearon hacia la cocina y ahí estaba Tana mirándolos. Se sintieron descubiertos y protegidos, hermanos y mamá convertidos en felices cómplices.

Mientras, en el piso quedaba una mancha negra, que con las lluvias se iba borrando, hasta que venía una nueva fogata.

Sonó el celular. Llamada equivocada. Al colgar, llegó el día de cambiar de casa.

Tana rentó el departamento sin el jardín, a una pareja sin hijos, para que los cuatro niños pudieran ir a jugar cuando así lo quisieran. Prometieron volver al menos una vez por semana, pero no fue así. Pronto se adaptaron al patio de cemento de la nueva casa y a patinar en la banqueta, aprovechando la pendiente del puente de División del Norte y Viaducto.

En 1979, con la construcción de los Ejes Viales, derrumbaron el edificio y la propiedad se convirtió en un terreno sin uso. Sólo estaba ahí para albergar al Fresno más grande que jamás hubiera existido.

¡El Fresno! Sintió un golpe de angustia y un nudo en la garganta al ver que el jardín se había convertido en un estacionamiento de ladrillo y cemento y el árbol ya no estaba ahí.

El semáforo se puso en siga.

Se despidió, sólo por el momento, del jardín que había sido su universo, un universo en el que convivían armoniosamente aire, tierra, fuego, agua, arboles y flores, con cuatro niños, una mamá y una abuela que murió demasiado pronto.

Aceleró con rumbo a Tlalpan.